Redes y censura: el riesgo de odiar en mayúsculas
Redes y censura: el riesgo de odiar en mayúsculas
Una campaña de rechazo en redes sociales impidió la publicación de un libro. La vocación cancelatoria disfrazada de solidaridad en un tuit.
Redes y censura: el riesgo de odiar en mayúsculas Censura social. El libro de Martín sigue sin publicarse.
Gonzalo Abascal
La hipótesis es simple y está extendida: los medios de comunicación ya no son necesarios porque las redes sociales habilitan una comunicación más libre y horizontal. Allí hay espacio para todos, todo el tiempo.
Puede ser.
Aquí lo dice convencido el presidente (en el mundo los predicadores máximos de la idea son Trump y Musk), lo repiten sus seguidores como atentos vigilantes, desde el ministro de Economía al último tuitero, y la definición circula como una verdad supuestamente inapelable.
Envalentonados por los likes en X, los twitterobespierre (los definió el periodista Matt Taibi) sentencian la anticipada "desaparición" del periodismo, como si reproducir lo que dice un funcionario fuera la tarea primordial de un medio, y sin ese insumo se extinguiera su razón de ser. Puro deseo.
Las redes, con X en primer lugar, son el espacio del contacto directo, de la democratización de la palabra y de la libertad, proclaman.
Hasta que se convierten en lo contrario.
El episodio ocurrió hace algunas semanas en España y, aunque el inicio fue conocido, su desenlace justifica detenerse a pensar. El escritor Luisgé Martín se disponía a presentar su libro El odio (quizás el término que más resuena en nuestras redes en estos días, y no es una mera coincidencia), un trabajo de no ficción sobre el asesinato de dos niños a manos de su padre, condenado por la justicia. Alertada sobre la obra, la madre de las víctimas y ex mujer del asesino se presentó en los Tribunales para pedir se impidiera la publicación.
Al mismo tiempo, una campaña en redes sociales viralizaba su anticipado repudio al libro, (al que nadie había leído, excepto sus editores), a su autor, y prometía un boicot generalizado a la editorial Anagrama y a las librerías si se avanzaba con la publicación y la comercialización.
La Justicia rechazó dos veces la prohibición de la obra, en defensa de la "libertad de creación".
La editorial, sin embargo, decidió cancelar definitivamente la publicación argumentando un "ejercicio de prudencia" -en un intento de disfrazar la autocensura que no pudo resistir-, y cortó su relación contractual con Martin.
Se repite: nadie había leído el libro, salvo sus editores. Nadie tampoco puede leerlo ahora. Nadie sabe si será publicado alguna vez.
¿Sirvieron las redes para democratizar la palabra? ¿Alentaron los usuarios de X un debate amplio y horizontal sobre lo insondable de dos asesinatos brutales? ¿Fue X un escenario de la reflexión colectiva? ¿O fueron las redes el campo propicio para desparramar la furia que señale y silencie al otro? ¿Actuaron, al fin, como la herramienta para uno de los hechos de censura más infames de los últimos tiempos?
La respuesta es obvia. Ni paraísos de la libertad ni instrumentos del mal, las redes dependen de quién las use. Pueden estimular la concordia. O disparar el odio cancelatorio.
¿Cómo las usamos entre nosotros?
"Un tipo de cancelador de oficio es un vengador muy astuto", describieron en el sitio The Conversation. "Es el que se escuda detrás de la democracia, de la libertad de expresión, finge ser un sujeto moral, habla de justicia y de estado de derecho, usa la retórica para cautivar a adeptos. Cuenta con miles, millones de seguidores. Es un ser digital, viral y carismático. Globaliza contenidos injuriosos. Lesiona reputaciones".